Amistad para la paz

Hoy me levanté haciendo cuentas para saber cuántos días van desde el día D, aquel que marca la marcha regresiva y positiva de nuestro paso de organización armada revolucionaria a organización política revolucionaria, me sorprendí al saber que llevábamos 78 días desde el día D, que cada minuto que corría me acercaba nuevamente a la vida civil y - por qué no decirlo - a la vida política. Me trasladé inmediatamente a mi vida cotidiana antes de ingresar, antes de abandonar de manera desgarradora pero necesaria y consciente mi tierra, mi casa, mi familia, mi madre; sonrisas acompañadas de nudos en la garganta me acompañaban mientras recordaba, imaginé por un momento cómo sería el regreso, dónde llegaría primero, con quién sería la primer conversación, la primer Poker; ¿cómo será lo que viene?

Amistad para la paz

Imagen BOCAC, farc-ep 2017

Recordé cuántas normas regían mi vida, las normas de tránsito, las normas de convivencia, las mil y una vueltas que tocaba hacer para cualquier diligencia con alguna rama del Estado; recordé que todo estaba normado en ese entonces, que en su mayoría eran normas que iban en contravía de las necesidades, realidades y posibilidades de vida digna de los sectores populares y campesinos; recordé lo duro que era cumplir esas normas sin violarlas, y más aun después de adquirir un mínimo de conciencia de clase.

De recuerdo en recuerdo viajé durante varios minutos, revisando imágenes, sensaciones y quereres, que jamás se borrarán de mí. Recorrí varios campamentos, varios amigos que ya no están, unos quizás más irreverentes que otros en medio de la fría lógica de la guerra. Recordé a Cacho, un amigo de los más irreverentes, llevaba en medio de una cultura campesina, machista y en el marco de la rígida disciplina militar guerrillera, unos adornos que lo hacían brillar en medio de todos, piercing en ambas tetillas, amigo y camarada que quizás en sus últimos días por diferencias propias de una convivencia tan intensa como la nuestra, me había recortado un poco su amistad. Lo recordé vivo y altivo, sus carcajadas, su forma extraña de enamorar pueblos, su destreza militar, su arrojo al combate nacido seguramente de un compromiso irrevocable con su madre ante la muerte violenta de su padre en manos de los paramilitares.

Recordé que en una ocasión fuimos juntos a cumplir una misión a Cali, que le asombraban tantos seres juntos que se desconocían unos a otros, que no comprendía cómo funcionaban ni qué era la importancia de los semáforos en una ciudad que desbordaba los límites y que había sido construida y diseñada para ser pueblo. Recordé que le asombraba todo y no sabía comportarse en una sociedad con tantas normas sin sentido; él, un guerrillero campesino que siempre había sido libre, se veía enmarcado de un momento a otro en una telaraña de normas que desconocía. Recordé que un día después de sacarle filo a un cuchillo en la casa de una compañera, en la cual pernoctamos para evitar rutinas que pusieran en peligro nuestra estadía, conversamos, acompañados de un cigarrillo, sobre la importancia de prepararnos antes de ir a la ciudad, a la legalidad, a ese mundo desconocido de la normatividad. Me hizo comprometerme a que cada vez que saliéramos le iba a preparar previamente para no equivocarnos y producir con esto una carga para el movimiento. Presuroso me vi en la obligación de cumplir aquel acuerdo, de escribir para él que sigue vivo en medio de nuestro movimiento, un documento que lo ayudara a dimensionar a lo que nos vamos a enfrentar; ahora no por unos días, ahora por toda la vida.

Cacho, amigo camarada, debemos prepararnos psicológicamente para los nuevos escenarios de nuestra vida, debemos revalorizar nuestra conciencia militar y comprender de una vez por todas que como sujetos civiles, nos va a regir un marco normativo legal, contrario a nuestros ideales y a los que nos han regido en nuestra vida armada como FARC-EP durante más de 52 años, marco construido por seres que piensan según la lógica del capitalismo y el neoliberalismo y que están interesados en fortalecer su clase y su dominación. Debemos comprender que las normas que nos rigen, por más inhumanas, innecesarias y en ocasiones miopes que sean, debemos cumplirlas para no dar pie con su incumpliendo a limitantes en el desarrollo de nuestros planes. Esto de ninguna manera requiere que las aceptemos y las asumamos como forma única de vida; implica por el contrario que ahora vamos a sentir de manera directa los atropellos legales del Gobierno y la clase que representa contra nuestro pueblo, lo que nos relacionará más cerca con los sentires de este, que ahora estaremos en su seno, en sus mesas, en sus corazones; comprenderemos sus lágrimas, la necesidad de nuestro trabajo revolucionario, lo cual nos impulsará con más ahínco a la lucha revolucionaria sin cuartel, donde cada esquina, cada trocha, cada escuela, cada tinto, será un escenario propio para dinamizar la revolución y cambiar ese estado caduco de las cosas, poner a funcionar el país de caras a las realidades e intereses de las mayorías poblacionales y de las minorías étnicas, raciales y de género.

Maestro, prepararnos implica desarmarnos en todos los escenarios de la vida, interiorizar la victoria que representan los acuerdos de paz para nosotros y nuestro pueblo, que sin lugar a duda se desarrollarán de manera conflictiva, que seguramente nos tocará volcarnos a la calle junto con el resto del pueblo organizado para lograr su cumplimiento en un mayor o menor porcentaje, que tendrá retrasos en su implementación, como desde ya se está presentando, que nos harán campañas ya no solo buscando que el pueblo se aleje de nosotros, sino buscando dividirnos, que dirán que X o Y mando se acomodó y nosotros estamos sin nada, que vea la mujer del comandante como vive y usted con su novia aguantando, mil y un cuentos, todo cuadrado milimétricamente, para acabarnos. Dependerá de nosotros, de nuestra capacidad, de nuestra madurez, de entender y aprender de los errores, que podremos sacar nuestro proyecto de país adelante. Siempre teniendo presente que la responsabilidad es con nuestro pueblo, que ese ve en nosotros su única esperanza, que si fallecemos políticamente, sumiremos en tristeza y desolación las presentes y cercanas futuras generaciones de nuestra patria. Camarada, tenemos el deber ético y moral de responder con altura a las esperanzas y sueños de nuestros amigos, hermanos, madres e hijos de nuestro pueblo.

Hermano, sobre nosotros se cierne una responsabilidad inmensa, responsabilidad de todos y cada uno de los farianos, individual y colectivamente; ya que nuestro pueblo demostró en las calles defendiendo el acuerdo, que está resuelto a jugarse en un pulso de fuerzas sociales y políticas una nueva Colombia, en paz, que quiere construir la justicia social con equidad de género en cada calle, en cada esquina, que no quiere más muerte, se cansó de ver morir sus hijos en una guerra fratricida que no tiene ningún rumbo, que quiere la victoria y que la quiere con nosotros.

Camarada, no tenemos reversa, debemos sacrificar en las nuevas condiciones que la lucha revolucionaria nos impone nuestras vidas, ese es nuestro compromiso, yo sé que usted desde siempre lo hará así, lo demostró, usted es uno de nuestros héroes anónimos, solo le pido que nos ayude a convencer a todos de no desfallecer, de que todos somos responsables de lo que pase, que si alguno parte o se cansa y decide pensar en sí mismo, en su tranquilidad le estará dando, aun sin quererlo, una victoria a los ricos del país, a aquellos que nos odian, aquellos que han dicho que con la paz lograrán lo que en la guerra no pudieron: derrotarnos.

Cacho, amigo de montañas, sueños y ciudades, cuento con usted para convencernos a todos y todas de reafirmar nuestro compromiso revolucionario, hasta la victoria o la muerte.

Cacho, juramos vencer y venceremos.

Antonio Pardo
60 frente FARC - EP

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